La mejor opción para Europa es hacerse cargo de su propia seguridad y defensa

Un piloto belga de F-16, con casco de vuelo, máscara de oxígeno y traje de vuelo completo, está sentado dentro de la cúpula transparente de un F-16 Fighting Falcon de color gris. La aeronave está estacionada en la pista de la Base Aérea de Florennes, bajo un cielo brillante con algunas nubes, durante un ejercicio de Alerta de Reacción Rápida (QRA) de la OTAN. Europa
Avión F-16 en la Base Aérea de Florennes (Bélgica) durante un ejercicio de Alerta de Reacción Rápida (QRA). Foto: NATO North Atlantic Treaty Organization (CC BY-NC-ND 2.0)

Tema
La mejor opción para Europa es hacerse cargo en mayor medida de su propia seguridad y defensa.

Resumen
Podría decirse que Europa se ha visto abocada al punto de inflexión geopolítico más complicado de las últimas décadas. Primero, la agresión de Rusia contra Ucrania y, ahora, el polémico enfoque del presidente estadounidense respecto a la resolución de conflictos que han hecho zozobrar un orden europeo, ya de por sí frágil en materia de seguridad, que había servido en gran medida para mantener la paz en el continente en los últimos 80 años. En este contexto geopolítico en rápida evolución, es posible que una Europa desnortada parezca más vulnerable que nunca.

En el análisis se argumenta que, frente a una Casa Blanca que ya no se limita a pedir que Europa “dé un paso al frente”, sino que se mantenga al margen en cuestiones existenciales como el futuro de Ucrania, los países europeos deben responsabilizarse cada vez más de su propia seguridad y defensa. Aunque el declive de la Alianza Atlántica no sea motivo de alegría, los dirigentes europeos deben trabajar con urgencia para reforzar el pilar europeo de la Alianza, amén de adoptar medidas de protección de su seguridad en caso de que surja un nuevo orden post-OTAN tras la reconfiguración geopolítica en curso.

Aunque no esté al alcance de inmediato, la visión de futuro para hacer realidad una Unión Europea de la Defensa debería animar y sustentar las deliberaciones actuales entre los países de la Unión Europea y sus socios. En el artículo se esboza un programa para Europa en ese sentido. Mientras tanto, no deben escatimarse esfuerzos para apoyar a Kyiv en esta coyuntura tan decisiva. El modo en el que se resuelva la guerra determinará el contexto de seguridad en el que quedará circunscrita Europa en los años venideros.

Análisis

Podría decirse que 2025 representa el punto de inflexión geopolítico más peligroso para Europa desde 1945. De hecho, podríamos estar presenciando los últimos días de los 80 años del orden euroatlántico que sirvió para proporcionar el periodo más prolongado de paz y prosperidad del continente. En 2022, la agresión bélica de Rusia contra Ucrania obligó ya a Europa a poner fin de forma abrupta a esas vacaciones autocomplacientes para reincorporarse al transcurso de la Historia y afrontar el regreso de la violencia interestatal a una escala que no se veía desde la Segunda Guerra Mundial. Y ahora, un gobierno estadounidense radical que parece haber declarado la guerra a todo lo que representaba Estados Unidos (EEUU) en el pasado podría estar asestándole el golpe de gracia a este periodo histórico.

En el par de meses transcurridos desde su llegada al poder, la Administración liderada por Trump ha lanzado una serie de ondas de choque a Europa: ha declarado sin ambages que Europa ya no es una prioridad estratégica para Washington; ha puesto en marcha un enfoque de transaccionalidad brutal en lo que atañe a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN); ha señalado con el dedo a Bruselas como un adversario en los ámbitos del comercio y la regulación, hasta el punto de que el presidente de EEUU ha afirmado que la Unión Europea (UE) “se creó con el fin de joder [sic] a Estados Unidos”; ha dado preferencia a los canales bilaterales con un grupo selecto de dirigentes europeos, al tiempo que se inmiscuía una y otra vez en la política interna de varios aliados tradicionales; y se ha enzarzado en un conflicto comercial con Europa pese a los denodados esfuerzos de Bruselas por evitar perturbaciones injustificadas de la economía transatlántica, considerado el mercado más grande y próspero del mundo.

No obstante, donde el nuevo derrotero trazado por EEUU puede haber tenido consecuencias de mayor calado es en lo referente al conflicto entre Rusia y Ucrania. En esta cuestión tan fundamental –en muchos sentidos, existencial– a la que se enfrenta Europa, la Administración Trump ha intentado imponer un cambio de rumbo inaudito. Al dejar de ver a Ucrania como un baluarte de la libertad, el presidente Trump ha dado marcha atrás, de forma caótica, pero con determinación, respecto al criterio del gobierno anterior, el cual se comprometió solemnemente a apoyar a Kyiv en estrecha cooperación con los aliados estadounidenses de la OTAN durante todo el tiempo que fuese necesario para negarle a Rusia cualquier recompensa destacable por su agresión no provocada. Lo que ha hecho la presidencia de Trump es situar el objetivo de poner fin a la masacre por encima de cualquier otra consideración, incluso pasando por alto la distinción básica entre víctima y agresor.  

Pese a que aún queda mucho por dilucidar sobre el enfoque de la Administración Trump hacia la guerra entre Rusia y Ucrania y su posible final, los aliados europeos de Ucrania y EEUU se muestran alarmados, y con razón, por las inclinaciones y actitudes generales del nuevo gabinete estadounidense hacia Europa y el mundo. Aunque el presidente Trump ha hecho gala de cierta propensión a revertir de forma abrupta las posiciones y políticas, parece difícil que cambien algunos elementos del planteamiento emergente en vista de que su entorno leal, y también amplios segmentos del Partido Republicano, los apoyan de todo corazón o prefieren no enzarzarse al respecto en un rifirrafe con la Casa Blanca.

El presidente Trump está llevando a nuevas cotas las actitudes desplegadas durante su primer mandato y, en la actualidad, ha hecho suya sin ningún pudor la política de la fuerza como principio operativo de la política exterior MAGA. El presidente estadounidense ha insinuado en repetidas ocasiones la voluntad de anexionarse o adquirir Panamá, Canadá y Groenlandia (en estos últimos casos, un aliado de la OTAN y el territorio de un aliado de la OTAN), en lo que supone un retroceso al estilo imperialista del siglo XIX. El mercantilismo es otro rasgo fundamental, desde la imposición de aranceles por igual tanto a socios como a adversarios hasta la intención de cerrar acuerdos económicos de auténtico expolio con países que no se encuentran en condiciones de oponer una resistencia fuerte, como es el caso de Ucrania. En la medida en la que se han utilizado sin tapujos la economía y las ayudas en materia de seguridad para chantajear y meter en vereda a aliados y asociados, hablar de “transaccionalismo” parece más bien un eufemismo a la hora de describir el enfoque supuestamente empresarial empleado por Trump.

El presidente estadounidense y su entorno tampoco parecen interesados en elaborar una política exterior basada en principios y fundamentada en aspiraciones de carácter normativo. Desde luego, no tienen ninguna intención de rendir homenaje a la “tradición liberal internacionalista” que, en un grado o en otro, lleva inspirando la política exterior de EEUU desde hace décadas. Esa política se basaba en la creencia de que la democracia y los derechos humanos son intereses estratégicos de Washington, por lo que la estrategia estadounidense debía consistir en defender y promover un “orden liberal internacional” (una idea ahora tóxica para unos conservadores estadounidenses que la asocian con el progresismo/liberalismo de su contexto nacional).

Por lo que atañe a la alianza transatlántica, vista tradicionalmente como el núcleo y el motor del orden internacional impulsado por EEUU, el gobierno estadounidense parece albergar sentimientos antieuropeos muy profundos. La vieja petición estadounidense de repartir la carga transatlántica de una manera más equilibrada –un argumento razonable que el presidente Trump ha defendido con más contundencia que ninguno de sus predecesores– no parece ser el único motivo que alimenta el antagonismo manifestado hacia Europa. Las fricciones transatlánticas actuales tampoco parecen deberse en exclusiva (ni principalmente) a un proceso de divergencia estratégica que se lleve gestando desde hace tiempo entre unos EEUU cada vez más centrados en la pugna contra China por la primacía mundial y una Europa en gran medida ensimismada que seguiría mirando al otro lado del Atlántico en busca de liderazgo.

Lo que parece más bien es que, en líneas generales, al presidente estadounidense y a sus asesores no les gusta Europa desde un punto de vista cultural y casi personal. Pese a que algunos dirigentes europeos pueden haberse ganado el respeto del presidente, como el británico Keir Starmer y la italiana Giorgia Meloni, parece que Trump prefiere codearse con caudillos poderosos de todo el mundo antes que cultivar con paciencia relaciones sólidas con el amplio abanico de líderes europeos elegidos de forma democrática. A diferencia de su primer mandato, en el que su gabinete estaba compuesto por una mezcla de adeptos MAGA y republicanos normales del establishment, el presidente estadounidense se ha reunido en esta ocasión de leales y ultraconservadores, el primero de ellos el vicepresidente J.D. Vance, deseoso de interferir en la política interna de los aliados europeos para apoyar a partidos nacionalistas euroescépticos, entre ellos el partido de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD).

De hecho, la crisis transatlántica actual también es una crisis del liberalismo y, en ese sentido, no sólo enfrenta a EEUU contra Europa, sino a las fuerzas liberales democráticas contra las filas antiliberales en todo el espacio transatlántico y en otros lugares del planeta. Los ideólogos que rodean al presidente Trump creen que la misión MAGA debe conllevar nada más y nada menos que una segunda revolución estadounidense. Están empeñados en impulsar una agenda radical que haga realidad unas prioridades ultraconservadoras, aunque para ello haya que recurrir a atajos autoritarios a nivel interno y cooperar con líderes de fuerzas antiliberales en la escena mundial, con el húngaro Viktor Orbán en una posición destacada en este momento entre los homólogos europeos afines a los EEUU de Trump.

Erradicar el “Estado profundo”, hacer retroceder las ideas woke (“progres”), renegociar o salir directamente de acuerdos multilaterales o fomentar el nacionalismo frente al globalismo no son más que distintas caras de la vengativa moneda de cambio que usan los partidarios MAGA para luchar contra lo que tachan de extralimitaciones liberales. En ese sentido, la separación de poderes y el equilibrio de poder internacional son dos de las víctimas del movimiento MAGA. No cabe duda de que Trump y su entorno imponen su agenda de America First sin tener en cuenta el orden internacional basado en normas. Las normas internacionales suelen verse como un impedimento para los intereses estadounidenses, se hace caso omiso de las instituciones internacionales por considerarlas organizaciones derrochadoras que carecen de legitimidad popular y, por último, se tolera mal el multilateralismo por entenderlo como una camisa de fuerza para el poderío estadounidense.

Las relaciones internacionales ya no se plantean como una pugna entre democracia y autoritarismo (rompiendo con la tradición, el discurso inaugural de Trump tan sólo mencionó la democracia de pasada en una ocasión), ni siquiera entre sistemas abiertos y cerrados, como había sido el caso con prácticamente todas las demás presidencias modernas. Las relaciones exteriores se entienden ahora como una serie de transacciones cuyo valor se evalúa otorgando una mayor importancia a elementos de la balanza comercial que a aspectos relacionados con el equilibrio de poder. Las afinidades importan, pero, en general, tienen más que ver con la química personal entre los líderes y con su proximidad ideológica que con las similitudes en el sistema político y el hecho de compartir unos valores democráticos.

Incluso la antigua noción de “Occidente” está siendo objeto de una reinterpretación radical como un concepto basado en la identidad, cuyos insólitos defensores son “patriotas” que luchan por la restauración en sus contextos nacionales correspondientes de un orden tradicional definido principalmente según criterios conservadores, religiosos e incluso etnocéntricos. De acuerdo con esta interpretación, Occidente se encuentra en estado de sitio –tal y como argumentó con vehemencia el vicepresidente estadounidense J.D. Vance durante la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2025–, y no tanto por el auge de los autócratas en todo el mundo, sino por la migración sin control, la expansión del multiculturalismo, la cultura woke, el globalismo y otros productos supuestamente derivados del liberalismo.  

En este contexto, el actual gobierno actual de EEUU menosprecia a la UE como ejemplo de un proyecto supranacional dirigido por élites que, en industrias clave como la tecnología digital, se ha mostrado hostil al capitalismo estadounidense. Pese a que todavía no ha aflorado una posición clara, la presidencia de Trump tampoco parece apreciar ya a la OTAN como la alianza de democracias con más éxito del mundo, ni como una comunidad de seguridad única desde el punto de vista histórico. En el mejor de los casos, la tolera como un acuerdo heredado que debe tener ahora un sentido comercial para Washington. Aunque la Administración estadounidense insiste en que Europa debe gastar más en defensa como una contribución necesaria para mantener el interés de EEUU, la impresión general es que se ve a los aliados europeos como una carga en sí mismos. Apenas se reconoce la rentabilidad de la inversión estratégica que llevó a cabo EEUU al respaldar la integración europea y la seguridad del Viejo Continente durante 80 años.

De hecho, la Administración Trump ha mostrado desde el principio un claro interés en rehabilitar la imagen del Estado agresor que el concepto estratégico más reciente de la OTAN designa como “la amenaza más importante y directa” para la seguridad europea y transatlántica: Rusia. En lo que representa un giro impactante, Washington y Moscú no sólo están tratando de dejar atrás las tensiones recientes, sino que están explorando un posible acercamiento que vaya mucho más allá de los “reseteos” intentados a lo largo de los años por parte de los distintos gabinetes estadounidenses. En una serie de movimientos abruptos no coordinados con los aliados de la OTAN, la Administración Trump se ha puesto en contacto con Moscú sin plantear condiciones previas, incluso a través de una sucesión de llamadas supuestamente amistosas entre el presidente Trump y el presidente Putin.

Aunque hay quien cree que el objetivo último de esta forma de proceder es debilitar el eje Rusia-China que no ha hecho más que reforzarse en los últimos años en un contexto de guerra, está por demostrar que la Administración Trump esté optando de forma deliberada y concienzuda por lo que se conoce como un “Kissinger inverso”. Esa estrategia requeriría implicar activa y ostensiblemente a los europeos, así como reorientar y reequipar la OTAN como una alianza anti-China, algo en lo que el nuevo gabinete estadounidense no parece estar centrándose, al menos por el momento. Una explicación más plausible puede ser que el presidente Trump y el presidente Putin compartan más que una mera relación personal. De hecho, parecen defender una visión del mundo similar. Al igual que Putin, Trump considera que las esferas de influencia son un hecho irrebatible de la vida internacional. Y del mismo modo que el hombre fuerte del Kremlin, el presidente estadounidense parece creer que la fuerza da la razón y que las naciones más pequeñas deben ceder ante los intereses de las grandes potencias.

Si el acercamiento entre rusos y estadounidenses sigue adelante –una apuesta arriesgada conociendo la política inveterada del Kremlin de equilibrio estratégico frente a Occidente–, no cabe duda de que la principal víctima directa sería Ucrania. Aunque las tensiones iniciales entre la Casa Blanca y los dirigentes ucranianos se han ido limando bastante, atrás quedan los días en los que se presentaba a Ucrania como un socio modelo, un país que defendía con heroísmo su soberanía y su futuro democrático, además de proteger los confines de la seguridad europea en nombre de Occidente. Tal y como quedó demostrado de sobra en el execrable intercambio entre el presidente Trump y el presidente ucraniano Zelenski en el despacho oval, ya no es sólo Moscú quien ha dejado de tratar a Ucrania como un interlocutor plenamente soberano, sino también el gobierno estadounidense. Es cierto que la Administración ha hecho un esfuerzo por escuchar a Ucrania tras haber debatido primero con Moscú sobre su futuro a espaldas de Kyiv, pero el valor que reviste el país de Europa del este para Washington, si acaso reviste alguno, se mide ahora en función de sus reservas de recursos naturales por explotar.

El presidente Trump está obsesionado con poner fin a la guerra con independencia de lo que le cueste a Kyiv, por lo que Ucrania corre el riesgo de verse forzada a aceptar un acuerdo muy desfavorable, con más razón ahora que tendría que negociar desde una posición de debilidad y no de fuerza. Por su parte, se considera que los aliados europeos de EEUU son actores secundarios a lo sumo, cuyo papel se debe limitar prácticamente a respaldar el acuerdo del presidente Trump y, como mucho, a ayudar a aplicar cualquier pacto al que se llegue. La Administración Trump se resiste a la petición de garantías directas de seguridad por parte de Ucrania y Europa. De hecho, ha insistido en el sentido contrario en que Europa debe colmar la brecha existente, en lo que suena más a una advertencia de que Washington está deseando desentenderse de Europa cuando acabe la guerra que a un afán de fortalecer de verdad a los aliados europeos en el marco de una ecuación de seguridad transatlántica de propiedad compartida.

Una agenda para Europa

Ante estas realidades tan cambiantes, se ha vuelto inevitable renegociar el pacto transatlántico que lleva décadas uniendo a EEUU y Europa. Con la presión procedente del este y ahora también del otro lado del Atlántico, los países de la UE deben tomar medidas urgentes para hacerse cargo por sí mismos de la seguridad y la defensa europeas y evitar así que Europa –junto con Ucrania– acabe formando parte del menú por el que se pugna en el plano geopolítico.

En ese sentido, incluso a pesar de la clara impaciencia de Trump por poner fin a la guerra en Europa con escaso interés por el resultado específico, los europeos deberían seguir insistiendo en una serie de líneas rojas cuya retirada o reconfiguración comportaría repercusiones a largo plazo muy perjudiciales para lo que queda en pie del orden de seguridad europeo basado en normas. La UE y otros miembros afines de la OTAN como el Reino Unido deberían reiterar, en coordinación con Ucrania, que un pacto negociado que implique el reconocimiento formal de la anexión ilegal de territorios, que carezca de garantías de seguridad obligatorias y que cercene el derecho soberano de Ucrania a solicitar el ingreso en las instituciones euroatlánticas a su debido tiempo no es sino un mal acuerdo.

Conforme se vayan desarrollando las iniciativas diplomáticas, el cacareado “asiento en la mesa” de negociación no debería ser el único objetivo de Europa. En su lugar, debería cuajar la idea de una “coalición europea de voluntarios” –frase que ya usan libremente el primer ministro británico Keir Starmer y otros dirigentes europeos– en torno a una serie de iniciativas determinadas que faciliten que Ucrania pueda negociar desde la mayor posición de fuerza posible que permitan las condiciones desfavorables actuales. Una lista no exhaustiva incluiría lo siguiente: intensificar la asistencia militar a Kyiv en vez de refrenarla si se llega a acordar un alto el fuego; proporcionar por fin a Ucrania los sistemas armamentísticos en los que Europa se encuentra a la vanguardia  (ya es hora, por ejemplo, de que Alemania ponga a disposición del ejército ucraniano los misiles de crucero Taurus); dejar de lado las dudas anteriores y usar los cientos de miles de millones de dólares en activos rusos congelados para sostener la economía y la industria de defensa de Ucrania en esta coyuntura tan decisiva; y mantener las sanciones internacionales aunque Washington presionara a Europa para anularlas en el marco del proceso de negociación, e incluso añadir nuevas sanciones a la lista, como hizo el Reino Unido en fechas recientes.

De hecho, la UE debería seguir sacando partido del papel de puente que ya desempeña el británico Starmer para maximizar su influencia en Washington y contrarrestar la deserción de aquellos miembros de la UE que, como Hungría y Eslovaquia, se muestran ansiosos por subirse al carro de Washington, aunque esa decisión suponga un menoscabo para los intereses europeos. La acuciante tarea de definir la posible composición y función de una fuerza de paz europea no debería distraer la atención de la elaboración de un plan creíble para un mecanismo común europeo de defensa en el futuro. Como ha reconocido abiertamente Friedrich Merz, próximo canciller de Alemania y atlantista de toda la vida, en lo que supone un giro histórico, a los dirigentes europeos no les queda otra opción que asumir que la dependencia europea de EEUU en materia de seguridad ya no es ni viable ni prudente. Implícitamente y por desgracia, ocurre lo mismo con la OTAN, al menos con su configuración actual.

Por lo tanto, la coalición de voluntarios ya mencionada, compuesta por países capaces de la UE junto al Reino Unido, debe tomar medidas concretas para, como mínimo, construir un “pilar europeo” mucho más sólido y viable en el seno de la OTAN. No sólo hará falta incrementar de manera considerable el gasto en defensa –tal y como ya se ha acordado–, sino también poner activos y recursos en común para que las capacidades europeas sean realmente operativas en futuros escenarios de conflicto. El despliegue de una fuerza de paz europea en Ucrania, si es que llega a producirse en algún momento, podría ser un paso crucial hacia la creación de una fuerza europea permanente y desplegable. Ahora bien, si la OTAN se viese paralizada en los próximos meses o años por la actitud impredecible, desdeñosa o incluso hostil de EEUU, a los europeos no les quedaría otra alternativa viable que plantearse la posibilidad desagradable pero verosímil de prepararse para un orden de seguridad europeo post-OTAN. En un contexto estratégico tan profundamente distinto, los Estados miembros de la UE dispuestos y capacitados para ello tendrían que esforzarse por consolidar una iniciativa que se ha mostrado esquiva desde hace décadas: una Fuerza Europea de Defensa.  

En estos momentos, la fragmentación nacional de las industrias de defensa europeas y la cláusula de excepción para el mercado interior han dado pie a lagunas de capacidad continuas, duplicaciones, problemas de interoperabilidad, dependencias extranjeras (sobre todo de la industria de defensa estadounidense, mucho más avanzada) y un gasto absolutamente ineficiente. Ahora que los gobiernos europeos comienzan a subir por fin sus inversiones en este ámbito, todos los esfuerzos deben dirigirse hacia la europeización de la política industrial y de defensa. Ese es el motivo por el que el plan ReArm, oportunamente diseñado por la Comisión Europea a principios de este mes, podría suponer un paso decisivo en la dirección correcta si los cerca de 800.000 millones de euros que aspira a movilizar contribuyen en última instancia a la implantación de una fuerza de defensa europea cada vez más integrada.

En los próximos meses, habrá que llegar a acuerdos específicos para aprovechar la exención del cálculo de la regla de déficit del Pacto de Estabilidad y Crecimiento y fomentar la inversión en, sobre todo, capacidades conjuntas mediante contrataciones conjuntas. Como han propuesto muchos analistas, se podría establecer un “banco de armamentos” mediante un empréstito conjunto de la UE. Los aspectos de la gobernanza de lo que, con el paso del tiempo, podría llegar a ser una Unión Europea de Defensa en toda regla deberían permitir la flexibilidad suficiente para reducir al mínimo posible la repercusión de vetos internos europeos y maximizar al mismo tiempo la cooperación con socios de la UE como el Reino Unido y también Turquía, países ambos que aportarían un valor añadido incomparable a cualquier mecanismo europeo de defensa en el futuro.

Conclusiones
El asentamiento de una prerrogativa de defensa y, a su debido tiempo, incluso de una disuasión nuclear europea es sin duda una gran hazaña. Durante mucho tiempo pareció una misión imposible en vista de los recursos y el liderazgo político que supondría. Por no hablar de los lazos transatlánticos que se han ido creando con brío durante décadas y que tanto cuesta ahora aflojar, sobre todo en lo que atañe a la adquisición de tecnología militar de fabricación estadounidense o la dependencia de los servicios de inteligencia de EEUU, ámbitos en los que la UE no logrará colmar las lagunas a corto plazo. Aun así, la defensa común ha pasado a ser una cuestión cada vez más existencial para Europa.

Los servicios de inteligencia de varios países europeos consideran plausible que la Rusia de Putin se decante por poner a prueba a la UE antes de 2030. Mientras tanto, los miembros de la Administración Trump ya han dejado caer la posibilidad de una reducción (e incluso una retirada) de las fuerzas estadounidenses presentes en el continente. Además, el presidente de EEUU ha amenazado en repetidas ocasiones con dejar a su suerte a los aliados europeos que no cumplan con los criterios de una criba de valor estadounidense, basada tanto en el plano financiero como quizás también en términos de lealtad. El intercambio de información de inteligencia, un elemento crítico de la contribución estadounidense a la seguridad europea podría dejar de ser una posibilidad tan obvia en el futuro porque algunas relaciones bilaterales se podrían deteriorar con fuerza a raíz de las disputas comerciales o las desavenencias ideológicas con el gobierno estadounidense. Desde luego, los europeos no se pueden permitir el lujo de esperar a que los rusos entren en Vilna para constatarlo.

De hecho, estamos ante un punto de inflexión para Europa. Por muy duras que parezcan estas nuevas realidades, los dirigentes europeos deben tener las ideas claras acerca de la naturaleza y el alcance del enorme reto que se les plantea. En vez de, como podrían verse tentados a hacer, limitarse a mitigar las consecuencias más perjudiciales para Europa del nuevo rumbo trazado por EEUU, lo que deben hacer la UE y sus socios afines es actuar con visión estratégica, evitando las divisiones internas en la medida de lo posible y mostrando al mismo tiempo una capacidad de acción europea cada vez más afianzada. Sin dejar de cooperar con Washington y en el seno de la OTAN al máximo nivel que siga siendo posible, las futuras iniciativas europeas deberán orientarse partiendo de la constatación de que la mejor póliza de seguro para Europa en este nuevo contexto consiste en apoyarse cada vez más en sí misma para su propia seguridad y defensa.